sábado, 8 de octubre de 2016

La fábula del telegrama



La primera vez que viajé a Buenos Aires, la ciudad me fascinó tanto que me surgió el impulso –que por supuesto no concreté– de hacer una locura: quedarme allá. Así, con lo puesto, como lo hacen las mujeres fatales cuando dejan al marido por el amante. En mi divagación, enviaba un telegrama a mis padres en el cual les decía: “No vuelvo. Favor enviar gato”. Porque lo único que me interesaba recuperar de mis pertenencias en Santiago era mi gato (QEPD).

He vuelto a tener ese tipo de fantasía en cada salida, lo que es bastante corriente en un viajero. Uno vaga por las calles y a medida que va descubriendo ventanas, balcones, habitaciones de hotel y comedores, va mentalmente habitando distintos espacios y viviendo innumerables vidas paralelas. Pero hay un elemento no tan normal en esa fantasía: el medio de comunicación. ¿Por qué enviaba un telegrama? ¿Por qué no mandaba un correo electrónico? Pensándolo bien, en primer lugar, un mail me produce un enorme aburrimiento. Un mensaje por la red implica un amplio espacio para muchas palabras, por lo tanto, para dar explicaciones. Por esa vía, no podría haber escrito sólo que no regresaba. Tendría que haber anunciado el asunto, haber argumentado la decisión. Y ahí todo dejaba de ser divertido. Porque lo alegre de esa ilusión era que el anuncio fuera tan dramático como el hecho. Si voy a tener que explayarme en eso que “no vuelvo”, entonces ya no es una extravagancia, es un proyecto. Por ende, mejor regreso a planificar mi mudanza. Y no hay nada más aburrido en vacaciones que un proyecto. Un proyecto es viable y, de viaje, uno quiere vivir cosas extraordinarias. Irrealizables. Irreales. Como que se envíe un gato por encomienda. 

Pero quizás es también que sólo un objeto retrógrado puede ser tan lúdico. La modernidad es como los planes: real, practicable, fastidiosa. En mi niñez, se soñaba con el futuro. Se anhelaba llegar a esa época divina en que todo iba a ser tecnológico. Pero el futuro llegó y la única utopía entretenida al respecto se quedó petrificada en el año 85. El 21 de octubre de 2015, la humanidad entera celebró  el arribo imaginario de McFly en un juego universal del cual participaron hasta los diarios más confiables confirmando que, tal como decía Hugo Pratt, “el hombre tiene derecho a la fantasía”.
 
Noam Chomsky sostiene que "la transición entre la comunicación que permitía la navegación a vela y la que permitió el telégrafo fue mucho mayor que la que generan las diferencias entre el correo tradicional e internet". No es casualidad entonces que los objetos antiguos no sólo resisten, sino que los dejamos reservados a nuestros momentos más atesorados. Así, los lectores leen libros en papel donde pueden tener el placer de dar vuelta cada página. Los cinéfilos van al cine y los melómanos colocan vinilos. Los enamorados se intercambian notas misteriosas  y no sosísimos mensajes de vocería electrónica. Y los soñadores, aventureros, románticos, en suma, héroes, enviamos telegramas.


Valeria Matus