jueves, 26 de enero de 2017

El eterno




De Macedonio Fernández sólo he leído un texto. Un texto corto. Dos páginas. Las he leído tantas veces que, a lo mejor, cuentan como un libro completo. Yo creo (por lo que he llegado a saber de Macedonio) que él no se ofendería por esta situación. Porque si él fue capaz de escribir un libro entero con 56 prólogos a una novela eternamente anunciada… bien puede uno, en calidad de lector, quedarse detenido en dos páginas que dicen, precisamente, que hay novelas buenas y novelas malas y finales que no los aguantan ni los vecinos. Me encanta Macedonio. Lo adivino completito en esas dos páginas que incluso, a veces, me hacen llorar. 

Hace unos días, en Cura Malal, pueblo de la provincia de Buenos Aires, éramos varios reunidos en ese sitio llamado Corral de Piedra que muchas manos y muchos esfuerzos han hecho posible. (El lector curioso y amante de las cosas y las almas bellas podría buscar, informarse y quizás algún día dirigir sus pasos hasta este lugar que no tiene nada que envidiar a esos pueblos inventados y de papel). Ahí estábamos, entonces, viendo un episodio de “Escenas de la novela argentina”, programa dirigido y presentado por Piglia.  Elegimos uno al azar y el azar quiso que fuera el episodio dedicado a Macedonio. Lo disfrutamos. Piglia tuvo ese don –también– de ser un extraordinario lector y al escucharlo uno siente unas ganas tremendas de ir al libro. (No importa el libro. El libro que Piglia esté comentando). En ese episodio, el libro en cuestión era, claro, uno de Macedonio: Museo de la novela de la eterna. Pensé que eso iba a hacer de regreso a Buenos Aires: dirigirme derechito a Corregidor para comprar las obras completas y en especial esa… La eterna. En el programa de Piglia también se hablaba de otro libro de locos… el que recoge las anotaciones que Borges hizo en los márgenes de los libros que leyó. Frente a estos experimentos literarios, uno no puede más que quedarse pensativo: ¡cuántas posibilidades tienen los libros! Y uno que a veces se asusta por tan poco… como quien dice saltando un charquito ahí donde otros saltan precipicios…

Hete aquí que, a los dos días, todos los que nos habíamos reunido en Cura Malal emprendimos viaje hacia Villa Ventana, otro pueblo ubicado a unos cien kilómetros del lado de la sierra. (No sé describir paisajes, que el que lee esto haga un esfuercito e imagine cosas lindas. Por las dudas va una foto). Una parte del grupo tenía que trabajar ahí, preparar la próxima residencia artística que tendrá lugar en Corral de Piedra. La otra parte tenía toda libertad para hacer lo que más le gustara. Los que eran niños dirigieron sus pasos hacia el arroyo. Yo busqué un lugar a la sombra y me aferré al libro de tapas duras con el que en estos días voy a todos lados. Hasta que escuché decir que en ese pueblo había una biblioteca.

Villa Ventana - vista desde el arroyo

Se trataba de un pueblo muy chiquito en apariencia, de caminos de tierra y bastante turístico. La persona que nos recibía me certificó no solamente que había una biblioteca, sino que, además, era bellísima, que la bibliotecaria era muy amable y se llamaba Amalia y que en cuanto a la biblioteca se llamaba… Macedonio Fernández…

Hay que creer o reventar, suele decir mi media naranja.  Ahí no más tomé el plano que me ofrecían, mi bolso, mi libro y me fui en busca de la biblioteca. No estaba muy lejos. A partir de ahí… no hubo forma de cerrar la boca… ni de decir algo coherente… porque era cierto, la biblioteca era bellísima, maravillosa, incluso, sobre todo el espacio infantil donde fui a ubicarme pensando en mis niñas, en lo mucho que hubieran disfrutado conocer un lugar así, luminoso, como colgado en medio de un cuadro, y con un catálogo que me inspiró cierta ternura por el personaje del ladrón de libros que comenté hace unos años…  Toda la colección Robin Hood (¡toda!)… Pero también una delicada selección de autores y ediciones muy recientes… Incluyendo una edición juvenil de “El jugador” (que yo también llevaba en mi bolso, aunque en una edición sin tapa dura). Una edición juvenil… ¡i-lus-tra-da!... Todo eso lo iba mirando, mientras Amalia, sentada en frente, me iba contando que en el pueblo vivía también una escritora y me mostraba sus bellísimas obras para chicos.

En eso estábamos cuando un libro puesto en un lugar relevante llamó mi atención. Como si me hubiera encontrado con la amiga más querida en medio del monte, a kilómetros de nuestras casas respectivas, me puse a sonreír. Amalia dio vuelta la cara para ver qué era lo que estaba mirando y le dije: “yo conozco a la autora de ese libro”. Y entonces le tocó a ella sorprenderse y alegrarse porque esa autora es una de sus preferidas y mía también. Nadie (o pocos) como ella sabe cuanta magia puede haber en los gestos más ordinarios, en los diminutos, en los más ínfimos rincones de la tierra.

Tenía que irme, pero ¿cómo irme así? ¿Puedo mirar lo demás? Amalia dice que sí. Y entonces entro a revisar toda la biblioteca y ahí es que me encuentro con el tesoro: todas las obras de Macedonio Fernández ubicadas en un mueble central y el famoso libro de Borges con las anotaciones al margen. Me llevo ese libro a la mesa y luego el otro: Museo de la novela de la eterna. Tomo apuntes. Miro por la ventana. A eso de las 18.00 salgo de la biblioteca. Hago como que salgo. Camino y me encuentro con el resto del grupo. Todo eso parece real y hay testigos. Pero es mentira. Yo sigo ahí. En la mesa, tomando apuntes y mirando, a ratos, por la ventana. Como un eterno lector de Macedonio.


AGC
   

viernes, 30 de diciembre de 2016

El eucalipto


Los niños del edificio saben que las escaleras están hechas para quedarse. Ni para subir ni para bajar. Sino para quedarse sentados, amontonados, cuchicheando y planeando aventuras. Pequeñas aventuras. Entre el segundo y el tercer piso del edificio hay un barrote suelto. Uno de ellos lo suelta y juega a pasarse de un lado a otro. Los compañeros siguen detrás en fila india.  Pero el juego más entretenido es el de las ventanas. Lo juegan a menudo. Porque los niños del edificio también saben que las ventanas del espacio común, no están hechas para quedarse quietos mirando paisajes. En medio de la ciudad no son tantos los paisajes que se pueden mirar. De todas formas, esas ventanas dan a una terraza interior y de ahí, algunos metros más abajo, al patio de los encargados del edificio. Es un patio cualquiera que tiene una sola gracia: el eucalipto. Un árbol gigante que arroja sombras y agita sus hojas y arrulla. Es bastante frecuente ver a los niños abrir la ventana del espacio común, pasarse a la terraza y aproximarse hasta el borde para sacar algunas hojas del eucalipto, llevarlas a su casa y ponerlas en el tachito que se ubica sobre la estufa. Muchos departamentos del edificio huelen a eucalipto. Es por ese ir y venir  que los niños saben que en la terraza está también la escalera de incendio. Una escalera de metal que va desde el primer piso hasta el cuarto, pegada a la pared, y ubicada a poca distancia de los ventanales, como para permitir, en caso de necesidad, que ingresen los bomberos.  El juego de las ventanas es ése. Uno de los niños sale a la terraza, sube por la escalera de incendio e ingresa al edificio pasando por la ventana del cuarto piso… y salva a sus compañeros de algún peligro inminente... Es fácil hacerlo. Lo importante es concentrarse en la ventana y estirar bien la pierna, sujetarse fuerte, dar a penas un salto. Un adulto podría hacerlo sin dificultad. Un niño no tanto. Pero ellos lo hacen igual. Tantas veces, que ya no ven el peligro, hasta que un día se cae uno. Una. Es una niña. Se desconcentra. Discute con un compañero. No logra afirmar el pie en los bordes de la ventana, queda colgando de la escalera de incendio con una sola mano. La mano afloja. Aunque es un cuerpo chiquito, una fuerza increíble lo tira por los pies. Es un viaje interminable. Alicia, en el país de las maravillas, debió sentir algo parecido al caer por el árbol. Pero acá lo que se ve no son extraños objetos flotando en el vacío sino escenas felices (se acuerda, la niña, sobre todo de sus cumpleaños). Como no termina nunca de caer, sospecha que va a morirse, sigue tratando de aferrarse a los barrotes de la escalera de incendio para frenar la caída. La pared le arranca pedacitos de piel. No duele nada, solo pica, un poco. Casi al llegar al primer piso, suelta los barrotes y proyecta todo su cuerpo hacia el centro de la terraza. Se acabó, piensa. Pero también piensa que alguna vez escuchó que lo más importante es la cabeza: no hay que golpearse la cabeza. Por eso, ni bien el cuerpo choca contra el piso, la niña se hace bolita, no deja que su cabeza rebote, y solo cuando está segura de que la caída ha terminado, la deja reposar en el cemento.

Arriba está el cielo.

Nunca vio un cielo más hermoso. Se siente contenta. Tampoco había visto el eucalipto desde abajo. Es mucho más bonito mirarlo desde abajo que desde lo alto, con todas las hojas soplando sobre su cabeza y susurrando cosas que ahora la niña entiende o cree entender y a lo mejor es por eso que sonríe. No se mueve. Una mujer viene subiendo. Al llegar al descanso del primer piso, ve a la niña tirada en medio de la terraza. Comprende en un instante lo que pasó y larga un grito. Un grito que sube veloz por las escaleras, alcanza a los niños que vienen bajando y se escabulle hasta el departamento 312. La niña escucha. Quisiera decirle a la vecina que se calle, pero no logra articular palabra. ¿Por qué no salen? Sin embargo, son claritas. Señora, no grite tanto, ¿no ve que no estoy muerta? La niña siente que eso es justo lo que su mamá va a pensar ni bien le vengan con el cuento. La pucha. Eso le da pena. Y mira lo que son las cosas, le dice al eucalipto, andar lloriqueando como cabra chica, ¡si ni siquiera me morí! No me morí, mamita, repite entonces varias veces.

No me morí.

Cándida

martes, 27 de diciembre de 2016

El abuelo Salvador



Nadie supo por qué razón el techo fue para el abuelo Salvador, su lugar en el mundo, tal vez se sentía más cerca del cielo.

De melena blanca y ojos chiquitos y picarones, el abuelo Salvador trabajó la mayor parte de su vida como chapista. Después de jubilarse, en la familia todos teníamos miedo de que se entristeciera, sin embargo, la vitalidad de la abuela María con sus demandas cotidianas, y los problemas que traía el hecho de vivir en una casa vieja, colaboraron para que se mantuviera entretenido. Siempre tenía algo que arreglar y pasaba horas en el techo, pintando alguna cosa o vaya a saber haciendo qué.

Cuando Gigi, Ignacio y yo éramos chicos, nos llevaba al techo como salida, nosotros felices, porque ahí descubríamos otro lado de las cosas. Desde lo alto podíamos espiar las vidas de los otros, o sentir que éramos libres de las miradas del mundo adulto.

El limón para el pelo, la piecita de arriba, el cuartito de las herramientas, la parra, las uvas chinche maduras en la “pelopincho” del patio, las largas horas que se tomaba para todo (afeitarse, salir de la casa, cortarse el pelo), su ropa de albañil para andar en la casa, las revistas de salud, el vino con soda, las galletitas en el té como cena, la Ferroquina, y las charlas en la cocina de la casa de Palermo, son algunas de las imágenes que se me aparecen cuando pienso en “Kikí”, como lo llamábamos al abuelo con mis hermanos.

Eran eternas las despedidas cuando nos íbamos de su casa, emocionaba verlo ahí, parado frente a la puerta verde, esperando, saludando hasta que doblásemos en la esquina. A los nietos, en total fuimos cinco (con mis primos María e "Ignacito"), nos llamaba “abuelo” o “abuelito”, siempre me pareció algo muy tierno de su parte, y desde su ausencia mucho más aún.

En las tardes de verano era común encontrarse al abuelo recostado en el piso de algún rincón de la casa, es que él decía que dormir en un colchón duro o en el suelo “hacía bien al esqueleto y a la espalda”. Cuando se sentía mal después de haber tomado o comido de más desaparecía por días, se mudaba a la piecita de arriba, y no probaba bocado.

Nació en el 1922 en Nuzco, un pueblo ubicado al sur de Italia, en la provincia de Avelino A los 23 años llegó a la Argentina y conoció a su padre, Fiore, quien lo había “mandado a llamar" cuando allá la cosa no andaba bien después de una guerra dura en la que él, como tantos otros jóvenes, fue obligado a ser parte.

La historia volvió a repetirse cuatro años más tarde, cuando ya instalado en un conventillo de la calle Thames, el abuelo Salvador mandó a llamar a su mujer, la abuela María, y a su hijo (mi papá, también Fiore), a quien conoció cuando él tenía cinco años.

Allá en Italia, Kikí había dejado a su mamá y a su hermana menor, la tía Filucha, a quienes nunca volvió a ver. Tal vez en el techo encontraba un lugar para recordarlas o para que nadie lo viera llorando. Prefiero pensar que en ese techo se sentía más cerca de lo que había abandonado por esas cosas del destino.

Romina Grosso


miércoles, 16 de noviembre de 2016

El recuerdo que no se tiene



Viñeta de “Ardalén”, de Miguelanxo Prado

Siempre supe que mi padre había estado en Cuba por un año, el 61. Pero a diferencia de otras épocas de su vida que narraba con muchos pormenores, de ese periodo no sé absolutamente nada. Una vez encontré una fotografía de él usando guayabera, sombrero y lentes de sol, en medio de una plantación de bananos. Un atuendo absolutamente insólito para un hombre que, si bien era férreo enemigo de las frivolidades, no lo era de la formalidad y aborrecía que un profesor dictara clases sin chaqueta y corbata.

Mas tomó en su vida una que otra decisión irreverente. Había estudiado pedagogía en castellano y había conseguido un puesto de profesor en la Escuela Militar de Santiago. Un trabajo muy bueno para cualquier joven a finales de los años 50. Garantizaba prestigio, comodidad y estabilidad. Pero él quería viajar, conocer, saber. “Llevaba varios años ahí y veía de repente, a los otros profesores que ya estaban cercanos a jubilar, almorzando en el comedor de los oficiales, conversando sobre las tareas cotidianas. Y sentía que no quería terminar así, habiendo hecho de mi vida siempre lo mismo, todos los días lo mismo.” contó una vez en una velada entre amigos.

Revisando mi bodega –ese acto mágico puede cambiar una vida- encontré dos libros de la autoría de mi padre, publicados por el Ministerio de Educación de Cuba. Libros de estudio de la lengua española, su pasión. Me pregunté entonces ¿Cómo habrá sido esa permanencia de él en La Habana? Tantos años a su lado y nunca lo averigüé. Así como me sorprendió verlo con pantalones de lino blanco, me parece inverosímil imaginarlo en ese entorno. Él que sólo escuchaba música clásica y que detestaba el jolgorio. ¿Habrá descubierto allá alguna faceta de él mismo que no conocía? ¿Alguna dimensión alegre que nunca volvió a encontrar? ¿Se habrá quedado, en alguna noche de locura, bailando hasta la madrugada? ¿Se habrá enamorado quizás? Nunca le oí mencionar ni la más mínima impresión de esa estadía. Dado lo intolerante que era, imagino que si hubiera ocurrido algo negativo, lo habría comentado, por lo que supongo entonces que guardaba buenos recuerdos. Quizás tan buenos que los conservó como un tesoro propio.

En su cómic “Ardalén”, Miguelanxo Prado narra la búsqueda existencial de Sabela, una mujer que viaja al pueblo de España del cual salió su familia, para intentar descubrir qué ocurrió con su abuelo. Un hombre que viajó a Cuba en los años 30 con la promesa de encontrar mejores oportunidades, pero que finalmente nunca regresó. Su pista se pierde para siempre luego de cruzar el Atlántico y cualquier mención a él queda estrictamente prohibida por la abuela. Una historia sobre identidad, orígenes, migraciones, olvidos. Despedidas y reencuentros, fracasos y frustraciones. Pero sobre todo, sobre razones. ¿Por qué somos como somos? ¿Por qué pareciera que nacemos con ciertos impulsos, ciertos dolores, ciertas nostalgias y ciertos anhelos?

Sabela tiene 42 años. Se acaba de divorciar y está sin trabajo. No tiene claro su futuro, pero tampoco tiene real conocimiento de su pasado. No sabe hacia dónde ir, porque no sabe de dónde viene. Entonces decide que para poder seguir, necesita primero retroceder. No existe manera de encontrar al abuelo para preguntarle. Pero quizás en ese poblado enterrado al interior de las montañas, alguien lo recuerda, se acuerda, puede contar –ese otro acto mágico que puede cambiar una vida -, puede aclarar.

Los padres se reservan muchas explicaciones. Como también lo hacemos los hijos con ellos. La historia de uno mismo no siempre se encuentra en el recorrido íntimo. A veces, está afuera, en lo que el otro vio y nos comparte más tarde. Así las ancianas le decían antiguamente al muchacho enamorado: “no te cases con esa niña, mira que se parece mucho a una tía que hubo en su familia y que se volvió loca, ¿quién te dice que a ésta no se le suelta un tornillo también?”.

Y a veces la explicación está en un objeto: un recorte de diario, un reloj antiguo, una fotografía, una dedicatoria. Un pedazo material de la existencia de un ser querido que relata cómo y cuándo él fue alguna vez feliz y que nuestros afanes no son tan inusuales como pensamos. Así, cuando de pronto –o seguido e incluso muy seguido- uno tiene la fantasía de huir al silencio de una casa de campo con la sola compañía de una novela, no es una insensatez incomprensible, ni un disparate particular, si se recuerda que una vez se abrió un libro de García Márquez que perteneció a un progenitor y que en la primera página estaba escrito con fecha 1967: “Con mucho cariño, para que amenices esas tardes lluviosas del sur”.

 Valeria Matus