martes, 14 de noviembre de 2017

Nosotros


Danilo nunca decía “yo”, siempre hablaba de “nosotros”, fue una de las aseveraciones más sobrecogedoras que escuché en el pasado doble lanzamiento de libro de Antonia García Castro: Escribe de nuevo antes de volver”, una obra de teatro sobre el exilio y “Danilo, el hacedor de papelógrafos”, dedicado a uno de los fundadores de la Brigada Ramona Parra.

Por tratarse de dos libros, la actividad estuvo dividida en dos partes. La primera incluyó una interpretación sobre el tema de tener que partir. El monólogo de una niña que debe despedirse: de sus abuelos, de sus primos, de su colegio, de sus amigos. Una madre que tiene palabras guardadas dentro de un baúl y de pronto las saca todas juntas: separación, despedirse, otro país. La segunda, sobre un hombre –Danilo– esencial en la historia del muralismo chileno y el compromiso político. 

Creo poder tener la certeza que todos los que estaban en la sala nos sentimos interpretados en ambas narraciones. Estas historias distintas, con sus propias interrogantes, definiciones y resoluciones eran al mismo tiempo nuestra historia. Nuestra existencia individual –maravillosa, única– estaba de pronto retratada tras las presentaciones, la puesta en escena, las citas, el público mismo. Y si estábamos reunidos ahí no era sólo por intereses o afectos, sino que porque nunca hemos dejado de preguntarnos e intentar responder y porque ciertos libros, ciertas canciones, ciertas pinturas, nos han conmovido de la misma manera en las mismas ocasiones y por las mismas razones.

Aunque se habló de dolor, de desgarros, de pérdidas, el pasado miércoles fue una tarde feliz. Porque nos sentimos ser nosotros. Compartiendo desolaciones, pero también acompañándonos en ese momento en que cada uno pudo ver que no estaba solo, que no está al margen, que no es aparte. Que aunque se nos ha convencido que cada cual debe hacerse cargo a diario de su propio peso como mejor pueda, existen esos instantes en que se produce una reminiscencia común, una complicidad compartida, en suma, una esperanza, que nos recuerda que los que somos, los que fuimos, seguimos estando juntos, participando juntos.


Valeria Matus



* La presentación tuvo lugar el 8 de noviembre en la Maestra de Vida (Stgo. de Chile).

Música y letra para el que se sienta convocado

jueves, 26 de octubre de 2017

La voz de Verónica



Varios meses después del encuentro, su imagen volvió y se sentó del otro lado de la mesa. No me sorprendió. Recibí su imagen como una presencia amiga. Ese encuentro, meses atrás, había sido el primero. A lo mejor sería el único. Eso no es posible saberlo, porque ella vive muy lejos, aunque a lo mejor soy yo la que vive muy lejos y no me doy cuenta (eso de las lejanías es relativo). No creo que tenga demasiada importancia. Lo que sí la tiene es poder encontrarse cuando la vida ofrece la ocasión de hacerlo y, en este caso, lo que me llamó la atención fue su generosidad. Ella escribió, ella anunció su visita, ella hizo posible el encuentro. Cierto es que éramos de la misma familia. Pero eso no siempre ayuda. Hay personas que, siendo de la misma familia, logran ignorarse como si nunca jamás hubiesen compartido un momento, una cena, un juego, una  alegría, una penuria. Hay personas que, siendo de la misma familia, logran desperdiciarse unas a otras. Y, a la inversa, hay personas que, sin tener ningún vínculo familiar, se aman, se comprenden, se acompañan. Por lo mismo, ser de la misma familia no significa prácticamente nada. En todo caso, no nos informa sobre el grado de complicidad que puede haber entre dos personas. Pero fue cosa de verla y sentir simpatía. Primero: su belleza me impactó. No es que me ande fijando en la belleza de las personas, pero la suya irradiaba. Era algo que vivía en sus ojos, en su sonrisa. Luego nos sentamos y empezamos a hablar. Recuerdo que esto fue con naturalidad. Y en ese relato (suyo, mío), siendo que ella y yo no nos conocíamos, iban apareciendo personajes que la vida nos había regalado a las dos. Personajes ya fallecidos. Quiero decir personas. Personas que uno amó (ama), que estuvieron ahí, en la cercanía. Ella hablaba. Era lindo escucharla. No sólo por lo que contaba, las historias que contaba, sino también por la manera en que lo hacía. En el tono, en la manera misma de narrar, en la manera, incluso, de pronunciar, yo veía pasar a mis seres queridos. Otros seres queridos. Su voz, la voz de Verónica, contenía en la suya muchas otras voces. (Entre ellas, la voz inconfundible inolvidable voz de mi abuelo, tan parecida a la de sus hermanos). Ella estaba ahí, con toda su belleza, sus ojos, su sonrisa. No había pasado mucho rato desde el primer café, cuando de pronto, al mencionar ciertos hechos, se emocionó. Yo creo que las personas que pueden, en muy pocos minutos, llegar al fondo de las cosas sin sentir vergüenza por eso, son de la misma familia. En todo caso, más allá de nombres, de apellidos, me gustaría ser algo de esa mujer capaz de mirar hacia el pasado, así como ella  hace. Ojalá pudiera aprender. Seguir un camino. Y viéndola a ella, escuchándola evocar ciertos hechos, se me dio por pensar que sin duda el ser humano es una cosa rara. La peor de todas, dicen algunos. Y es cierto. El hombre es el peor enemigo del hombre, o algo por el estilo. Pero es, también, su mayor consuelo (y eso no se escucha tanto). Nada puede compararse con la mirada o el gesto de una mujer o un hombre que comprende a otro hombre, a otra mujer. Comprende. No juzga. No perdona. Comprende. Pasarán muchos años y yo, quizás, olvidaré lo que me contó Verónica. Olvidaré los hechos, no su mirada, no su visión, no el gesto de amor que ella tuvo, narrando, hacia los protagonistas de su historia. No la manera en que su voz los evocaba, los acunaba, los cobijaba. Nos consolaba.


Antonia

viernes, 29 de septiembre de 2017

Le mot

(o la palabra que sube la escalera...)


Muchachos, cuidado con las cosas que dicen.
Todo puede salir de una palabra que al barrer se deslice.
¡Todo! El odio y el luto – Y no me vengan con que la yunta
es buena y más discreta que una tumba…
–Escuchen:

Una noche, en pantuflas,
a esa hora en que la mufa,
se encierra tras los postigos,
en su casa y sin testigos,
murmuró muy bajito
a un viejo amigo o solito,
una palabra horrenda sobre cualquier individuo;
Esta palabra que, al parecer, no se escuchó,
Que largó, bajo tierra, donde nunca un alma entró,
Corre, ni bien la suelta, se escabulle, se escapa.
Mire, ¡ya está lejos! Y es que no precisa mapa.
Conoce el camino, tiene pies, zapatón,
Pasaporte en regla; y, como si fuera poco, bastón.
–De ser necesario, cual águila, desplegará las alas.
Huye, escapa, no habrá forma de atraparla.
Sigue por el andén, pasa por la plaza.
Cruza un rio crecido, en día de lluvia y sin balsa.
Y va, corriendo por callecitas, avenidas y un callejón
o lo de aquel individuo que hace un rato mencionó.
Sabe el número, el piso: tiene llaves.
Sube la escalera*, abre la puerta, ¡pase!
entra, llega y, compadrita, mirando el hombre a los ojos,
Le dice: ¡Acá estoy! Salgo de la boca de Fulano de Tal.

Y es así como tiene un enemigo mortal.


Victor Hugo


*El subrayado es mío, la traducción y el guiño también. 
Ojito: La traducción es absolutamente provisoria y de uso amistoso en el blog.
La versión original, maravillosa, insuperable, se encuentra con facilidad en internet para los que no la conocen de memoria... Se llama así: Le mot. La palabra. 
AGC


Querellas desde el peldaño



Se lo dije antes a la autora, y ahora lo hago público: me sentí “tocado” por esa referencia gratuita sobre nosotr@s l@s capricornian@s. ¿Qué es esa cosa prejuiciosa de catalogar a la ligera las respuestas que damos y el modo en que elegimos darlas? ¡Por favor! Parecen chimenteros del horóscopo, o algo peor aún, algo que no entra ni en un Mandala de dimensiones tan generosas como la Astrología misma.

Por otra parte, las cabras somos l@s leninistas del Zodíaco: si acaso bajamos un escalón, es para afirmar la parada, tomar impulso, y subir otros dos. En este punto, somos intransigentes: ¿o creen que es posible alcanzar la cumbre de la montaña vacilando como l@s librian@s? ¿O siguiendo direcciones “llenas de sentido”, pero profundamente contradictorias como l@s sagitarian@s? ¡Ay, duele de sólo pensarlo!

Recuerdo, además, haber dado una respuesta contundente desde lo alto de una escalera, la que llevaba de la casa de mis padres a la de mis tíos y primos. No tendría más de tres años y, mientras escalaba, desde abajo me llegaban voces familiares que me llamaban por mis distintos nombres y apodos. Gente tosca (¿arian@s?) que se sorprendió cuando les dije que no era ninguno de “ésos”: mi verdadero alias era “Pató”.

No pretendo realizar una refutación dramática, o doliente, basada en una teoría nominalista de vastos alcances y de profusa cepa filosófica. Apenas dejar asentado que aquello que llamamos identidad, y aquello otro que llamamos Astrología, deben ser tratados, extendiendo con delicada mano, el manto de un legado milenario, el mismo que puede ser contemplado como hogueras nocturnales que titilan en lo azul.

De aquellos sublimes polvos estelares, estos encharcados lodos terrenales donde somos capaces de sacarnos los ojos y, haciendo uso de una “lengua del ultraje”, hallar una réplica fulminante que enmudezca al ocasional adversario. ¿A quién no le ha pasado sentir que acuden todas las palabras, menos las correctas? ¡Ah, vanidad leonina del triunfo del fugaz ingenio por sobre los dones de la reposada inteligencia!

¿No mantiene “la chispa” un vínculo sinuoso -cuando no delictivo- con la verdad? ¿Y no está sujeta la injuria al calenturiento arrebato de las pasiones sin amor y sin destino? Como tod@s, pongo mis acciones bajo el ala protectora de una deidad desconocida y ausente, pero para mis palabras pretendo el cobijo del dios de la elocuencia. Si Mercurio me ampara, este capricorniano cumplirá su cometido, y cada respuesta habrá de llegar, tarde pero certera, a los peldaños de la querella.

Carlos Semorile.